lunes, 13 de febrero de 2017

Isla de los Estados: cuatro marinos custodian el último refugio de la soledad

La guardia del puesto se renueva cada 45 días y sólo tiene comunicación por radio; evalúan recibir turistas atraídos por El faro del fin del mundo, de Julio Verne

Por Germán de los Santos para La Nación

ISLA DE LOS ESTADOS, TIERRA DEL FUEGO.- La bruma encierra el misterio. Se vislumbran rocas oscuras y filosas entre las olas que se invierten en un juego extraño. Chocan entre sí con furia, mientras el viento despotrica un lenguaje lúgubre. Empiezan a aparecer los primeros picos cubiertos de nieve de la isla de los Estados. Los más altos alcanzan los 800 metros. Son el final de la cordillera de los Andes, que en este extremo austral quedó sumergida y perdió el duelo frente al encuentro del Atlántico y el Pacífico.

El barco Islas Malvinas de la Armada Argentina navega con precaución en esa tela espesa que cambia a cada momento. Primero es la densa humedad que se ve desde lejos, en forma de bruma. Y las capas que le siguen, de nieve, después de granizo y de lluvia helada
.
Por ahora sólo cuatro personas viven en la isla, en Puerto Parry, donde está el puesto de la Armada, el único refugio de soberanía. La guardia del puesto cambia cada 45 días y los jóvenes militares permanecen allí en medio de ese paraíso de soledad. Sólo los une con la base de Ushuaia una radio y un radar.

Esa porción de piedra inhóspita irradió a lo largo de la historia una seducción que llevó a que el gobierno de Tierra del Fuego evaluara autorizar la explotación turística de la isla, pero esa propuesta quedó trunca. El gobierno nacional, a través de un decreto, dispuso en agosto pasado que ese lugar fuera declarado "reserva natural silvestre", por lo que se elevó el estatus jurídico en materia de protección ambiental. Ahora, una comisión mixta entre organismos nacionales y de Tierra del Fuego evaluará los proyectos turísticos. Uno de los planes que se estudiará es habilitar un crucero de Nathional Geographic -que ya estuvo en la isla- y podría hacer la travesía para llevar gente seducida por el lugar, por su historia y sus leyendas literarias, irradiados por El faro del fin del mundo, de Julio Verne.

Nunca nadie nació allí. Sólo hay parvas de muertos desde hace más de dos siglos, que no pudieron vencer esa atracción peligrosa que retrató W. H. Hudson, cuando escribió que quienes vagan por ese sur extremo "descubren un estado ancestral de calma equivalente a la paz del señor". A la muerte. En esa isla que ocupa 534 kilómetros cuadrados, y está separada 24 kilómetros al este de Tierra del Fuego, nadie pudo resistir mucho tiempo. Y pocos se animan hoy a cruzar el estrecho Le Maire, donde el escarceo de las olas destruye las ínfulas de los navegantes.

Luis Piedrabuena fue quien pudo domar por un tiempo esa isla, de la que fue dueño. Fue un héroe casi anónimo, explorador, filántropo, solidario, que rescató a 146 náufragos que sucumbieron ante tempestades y un mar despiadado. Como una especie de Robinson Crusoe austral, este hombre también naufragó y se logró construir El Luisito, un pequeño barco que armó con retazos de un naufragio y los árboles curvados por el viento. Murió en Buenos Aires en 1883, fundido y en la pobreza, con el grado de capitán honorario.

En la isla de los Estados no prosperó ningún emprendimiento comercial, más allá de las loberías de fines de siglo XIX y principios del XX. Hubo una cárcel militar en Puerto Cook, pero ni los guardias y mucho menos los presos soportaron el clima y la soledad de esa isla, y en 1902 fue clausurada. Ahora sólo quedan vestigios amorfos, cincelados por ese viento que ruge todo el tiempo.

La isla es el último refugio de la soledad, un rasgo que enciende una fascinación extraña. Y lleva a algunos viajeros a atravesar el océano para visitar un lugar que ofrece sólo lo que muestra, pero recubierto de mitos. Navegar por el estrecho Le Maire, en medio de esa confrontación que mantienen los dos océanos, nunca llega a ser una rutina. La respuesta está en el fondo del mar, donde descansan más de 50 barcos hundidos.

Es la primera vez que el aviso Islas Malvinas emprende el desafío, que es bien complicado: ingresar a la estrecha bahía de Puerto Parry interior. El barco debe pasar entre dos murallas de rocas afiladas que arriman peligro, que son las puntas Occidental y Marchisio.

Maniobra compleja
En Puerto Parry vive una dotación de cuatro personas. Foto: Ricardo Pristupluk y Maximiliano Amena

La maniobra es temeraria y siembra tensión en el puente de mando. El barco debe atravesar un pasillo de piedra oscura y sólo hay cuatro metros de margen a cada banda. Desde la cubierta se ven cuevas que modela el martilleo constante del mar, que sirven de refugio a los lobos marinos, mientras un petrel, con sus alas negras y blancas, da vueltas con lentitud, como suspendido en el aire.

Un error puede ser fatal para el Islas Malvinas. Y todos lo saben. La tensión flota en el puente de mando, que está repleto de oficiales, cada uno imbuido en su función. Los datos se repiten a cada instante. Resuenan como un eco constante. Profundidad, viento, velocidad. Y las principales guías son las balizas. Todo es manual, casi artesanal, como lo fue siempre. En este tipo de maniobras, explica un oficial, no sirve la posición satelital. No es seguro, afirma. Tiene un margen de error de unos tres metros.

El comandante Roberto Lovera observa con los largavistas y la proa asoma por esa bahía que sirve de refugio a los navegantes cuando escapan de las tormentas. La nieve de las montañas se refleja en el agua, que ahí dentro y en ese instante de la tarde parece más densa, como si fuera de cristal. En la cabina todos logran aflojarse. Se ve la boya que indica dónde tirar las anclas. Lovera suspira hondo y se queda un rato inmóvil en su asiento. En la cubierta se enciende otro trajín. Bajan los víveres en dos gomones y después arriban al pequeño puerto los que serán parte del recambio de la guardia.

Delante de todos, en el muelle están Rocky y Dana, los perros que son las mascotas del puesto. Ladran encendidos a los que se bajan de las lanchas. En la plataforma del helipuerto esperan los cuatro efectivos que dejan la isla. El silencio es pleno. Resuena un chorrillo de agua clara que cae desde un peñón. Es la canilla del puesto. "No debe haber agua más pura en el mundo", afirma Martín Reyes.

Puerto Parry está incrustado entre las montañas. Más allá de las dos casas que forman el núcleo del puesto Luis Piedrabuena no hay posibilidad de salir de ese embudo. Detrás de la montaña hay un lago, al que en verano se puede llegar tras rodear el monte de lengas. Hay cabras españolas y ciervos, que se trajeron hace más de un siglo.

"Es increíble, pero a veces en este lugar te sentís encerrado", confiesa Emilio Romero, el jefe del puesto, que le gusta correr y hacer gimnasia. Pero advierte que se conforma con flexiones de brazo y lagartijas en la cabaña.

La tarde empieza a caer y se agigantan las sombras del barco que está fondeado en la bahía. Destellan las luces en el mástil. A Teresita Escato le dicen Yacaré. Ella sonríe cuando lo cuenta y se emociona al recordar a su familia. Es enfermera y nació en Corrientes. "De los esteros al fin del mundo, sin paradas", ensaya.

A su lado está Reyes, que es de Jujuy. Él calculó que su casa está a 5300 kilómetros del puesto de guardia. Lo dice con orgullo, sólido, mientras corta un pan casero que aún está caliente dentro del refugio. "La soledad también tiene un costado lindo, aunque a veces se extrañe a la familia", apunta Marilyn Orquera. Para ella que las horas pasen con lentitud no son un problema, sino un bienestar extraño, de plena tranquilidad. En cambio, para Reyes siempre hay que estar ocupado para no recordar.

La réplica exacta del faro del fin del mundo, en el que se inspiró Julio Verne para su novela, queda en la bahía San Juan de Salvamento. Foto: Ricardo Pristupluk
Al otro día, el barco sale de la bahía y enfila para la isla Observatorio. Allí hay un faro, pero el lugar está sólo habitado por aves y pingüinos. Es que desde 1985 la Armada decidió levantar el puesto e instalar un panel solar que alimenta las luces, que tienen un alcance de 12 millas y guían a los navegantes. El guano de las aves contaminó la única fuente de agua dulce que existía. A diferencia de Puerto Parry, allí no hay un árbol. Es un páramo de turba y roca cruzado por intensos vientos. Y no hay ningún tipo de reparo. Los acantilados se elevan más de diez metros y es imposible amarrar.

Las ráfagas empiezan a zumbar y la bahía de Puerto Cook se encrespa. No es el espejo de Puerto Parry. El paisaje es distinto. Hay una extensa playa de canto rodado, donde sobresalen unas puntas que parecen dagas clavadas en la arena pedregosa.

Ahí están los vestigios del penal que albergó hasta principios del siglo pasado a presos militares, muchos de ellos desertores, que eran recluidos en el fin del mundo. En una loma, que está recubierta de calafates y nieve, está enclavado el cementerio. Son 21 cruces sin nombre. Quedan crucifijos ordinarios, de caño, pintados con antióxido que reemplazaron a las originales de madera. Debajo de esa loma hay un monte de lengas sumergido en el paisaje. Parece el único refugio natural.

Foto: Ricardo Pristupluk y Maximiliano Amena

También asoma una pequeña construcción de piedra con una ventanita que mira al centro de la bahía, que se divide en el medio con un islote cargado de bruma. Y una Virgen solitaria que mira al Norte. Era el refugio que Piedrabuena, con 30 años, construyó en 1862. Puerto Cook es el punto más estrecho de la isla. Tiene unos 300 metros. El beneficio de esa geografía lo convirtió en uno de los lugares más apreciados por los cazadores de lobos y ballenas. Pero nada nunca prosperó.

Piedrabuena fue el único dueño de la isla, luego de que el Congreso de la Nación le concediera la propiedad de la isla, junto con un islote en la desembocadura del río Santa Cruz, que él llamó Pavón. Creía que para defender la soberanía de ese estado aún en gestación había que darle vida a esos lugares poblándolos.

Flotan mitos en esa isla, que fueron atrapados por la literatura. Verne nunca estuvo allí, pero montó el ícono que identifica al lugar, cuando retrató con habilidad y bastante precisión el faro del fin del mundo. Está en San Juan de Salvamento, otra bahía más abierta que tiene en el extremo oeste el faro sobre una loma de 60 metros. Fue inaugurado el 25 de mayo de 1884 por Lasserre, que cinco meses después fundó Ushuaia. Es diferente a los faros convencionales. Fue construido con madera de lengas y tiene forma octogonal. La luz estaba proporcionada por 8 lámparas fijas de querosén colocadas detrás de unas ventanas cuyos cristales eran lentes de Fresnel. Vivían en él seis fareros en la más profunda soledad.

Réplica

Del original quedan restos en la base de la Armada en una réplica que se fabricó a manera de homenaje. El nuevo faro, que es igual al que montó Lasserre, fue construido en el verano de 1998, por impulso del navegante francés André Bronner que, fascinado por la novela de Verne, visitó la isla en 1994.

Para llegar al faro hay que caminar una media hora desde una playa de arena pedregosa. El sendero está acolchado de turba y casi es imperceptible entre la nieve y los arbustos. El faro es de madera pintada de blanco. En la entrada hay un antiguo barril que acumula el agua de lluvia que cae desde una canaleta del techo puntiagudo. Adentro huele a madera y todo está impecable. En una mesa hay ollas y sartenes para cocinar, y botellas de vino que dejan como ofrenda quienes pasan por allí. Las paredes están cubiertas de cuadros y fotos. También hay un cajón con banderas de veleros. Afuera el viento arrecia. Y por un momento la bruma se abre para que aparezca el mar mientras la tarde empieza a irse y las luces del faro encienden su magia.

El barco Islas Malvinas zarpa poco después de las 18, mientras el sol raquítico de abril se incrusta en las montañas. Los motores empiezan a rugir. Los comandantes del barco dan las órdenes finales sobre la cubierta y el buque construido en Polonia en 1987, de 81 metros de eslora, pone proa hacia el estrecho Le Maire, que empieza a mostrar sus dientes.

La carta de navegación de la zona. Foto: Ricardo Pristupluk y Maximiliano Amena

En el puente de mando, las sombras se agigantan. La oscuridad empieza a formar parte de la rutina. La luz no deja ver, advierte Carlos, un señalero. Y ese ambiente desde donde se guía al barco resalta los colores de las pantallas del radar y de la carta de navegación digital. En medio de un mar bravo gran parte de los tripulantes desaparecen. Y todo comienza a teñirse de un aroma a comida indescifrable. Muchos están acostados hasta que pase el mal rato. "Te das cuenta cuando hay mal tiempo en el barco porque nadie come", cuenta uno de los cocineros.

El buque rola, mientras el puente de mando se cubre de cierta tensión. El Islas Malvinas enfila hacia el cruce del estrecho Le Maire. "Vamos a tener una noche con baile", anticipa uno de los oficiales. El augurio se cumple. El barco se mueve con violencia y un termo, un mate y unas tazas se hacen trizas contra una ventana. Empieza a caer una llovizna que seguirá en medio de esa noche cerrada hasta entrar al amanecer en el canal Beagle, algo que todos esperan para que el barco deje de moverse. La isla vuelve a quedar encerrada en la bruma y en sus misterios. El barco y los efectivos de la Armada volverán dentro de un mes y medio.

Isla de los Estados. Fotos: LA NACION / Maxie Amena

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